horarios del Emprendedor

Era el primer traslado de piso que vivíamos mi mujer y yo. Habíamos quedado a las nueve de la mañana y, puntualmente, se presentó el camión de la mudanza con los operarios. Entraron a casa, miraron el que se tenía que transportar y uno de ellos nos dijo: «Perfecto. Vamos a almorzar y volvemos de aquí un rato para empezar el trabajo!» Hace muchos años, de esto, pero todavía no me he recuperado.

Cataluña tiene un problema de productividad grave que, en mi opinión, nadie toca de manera bastante valiente. La productividad es suma de muchas cosas: formación, procedimientos, organización, esfuerzo aplicado, etc. Pero del mismo modo que un sistema educativo no puede ser mejor que sus maestros, ningún sistema laboral puede ser más productivo que las ganas de trabajar de sus miembros. Y, entre nosotros, cuando se habla de productividad, todo el mundo mira hacia cualquier otra banda menos la propia. Todo el mundo quiere confundir conceptos.

El empresario utiliza la palabra productividad cuando se refiere a costes laborales. Durante los años grasos hemos asistido a un espectáculo que ya creemos erradicado: uno que trabaja y dos que miran. Yo he visto renovar los márgenes de la carretera de mi pueblo a base de inmigrantes, haciendo tareas increíbles -trabajos que estaban llamadas a ser llevadas a cabo por maquinaria especializada-. Pero, esclar, invertir en tecnología no es el fuerte del país. Y pagar a dos magribins que sustituyen un catalán que, todo sea dicho de paso, no quería hacer aquel trabajo ha salido por anticipado durante demasiados años.

Pero también el trabajador ha pedido inversiones para ser productivo -requerimiento ineludible, tal como comento al párrafo anterior- sin antes proceder a una cierta depuración interna que le haría ver que no aprovecha bastante bien el tiempo, que mantiene vicios típicos de sociedad tercermundista. Demasiado a menudo escasa responsabilidad, poco compromiso e insuficiente conciencia que la empresa es una institución que hay que preservar. La suma de dos actitudes, la del empresario y la del trabajador, en mi opinión muy poco evolucionadas, nos ha abocado a un círculo vicioso: el empresario paga poco porque piensa que los trabajadores no rinden bastante, y los empleados trabajan poco porque se sienten mal pagados. Los dos tienen razón, y los dos son responsables de la degradación. El cóctel nos trae irremediablemente a asumir como propia la famosa frase cubana: » Fidel hace ver que nos paga y nosotros hacemos ver que trabajamos «. Y así vamos.

Este columnista está convencido que el peor que le puede pasar a una persona, o a un colectivo, es engañarse a ella misma. Y en cuestión de horarios y fiestas tendríamos que empezar para reconocer que el tema se ha ido degradando porque nos convenía no hacer nada. Los sistemas, si no se actúa de manera intencionada y sostenida, tienden a la entropía, al desorden más degradado. Así ha sido. Ni políticos, ni patronales, ni sindicatos han mostrado ningún interés para eliminar una barbaridad tan espléndida cómo es el puente de la Purísima Constitución, que sólo un pueblo tocado por una secular forma de ganduleria podía parir. No se ha hecho nada. Y saben por qué? Pues porque, y aquí es donde pido que no nos auto-engañamos, ya nos está bien.

¿Saben la manera más rápida, directa y efectiva de empezar a transformar nuestros hábitos horarios? Pues revisar los convenios laborales porque digan claramente que la hora de comer será de 13.00 a 14.00. Y que al trabajo se va almorzado. Que el más racional para una jornada de ocho horas es hacer de 9.00 a 13.00 (con alguna breve paradeta para tomar, por ejemplo, un pequeño café) y de 14.00 a 18.00 (con una breve paradeta para tomar el que se quiera). Porciones de trabajo continuado de aproximadamente dos horas no parecen ninguna barbaridad, no? Ah, y que a la gente se la mida por los resultados, no por la hora que ficha ni por las horas que es al trabajo. Porque durante las horas de trabajo se charla demasiado. Y al empresario que se lo premie con beneficios económicos directos por las inversiones en formación y tecnología. Y por la implantación de horarios racionales, también. Con las mismas horas, todos juntos podríamos hacer mucho más.

No hacer todo esto que propongo -que es básico y previo a cualquier de los refinamientos de que habitualmente todo el mundo habla- provoca que, desde fuera, se nos observe, con razón, como gente que tiene un absoluto desprecio por el trabajo. Me parece de esnobs hablar de distribuir el tiempo libre, familiar y del trabajo de una manera diferente del actual cuando todavía tenemos para asumir que la ética del trabajo es un prerequisit. Por lo tanto: ¿y si antes de hablar de como combinar horarios nos ponemos serios, nos sacamos la máscara y miramos de no disimular

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